—Aló, con Héctor, por favor.
—Sí, soy yo.
—Héctor, habla Luis, el espo... de Paola, la prima de...
—Ah, sí…
—Bueno, vea, yo no sé cómo decirle. Es que a mi echaron también. Yo quería proponerle algo. ¡Necesitamos mantenernos unidos!.
—Si es para algo de Ana María, ni me busque, yo estoy muy bien así.
—No. No se trata de eso. Voy a ser sincero de una vez. No tengo dónde ir, y quería proponerle que alquiláramos a medias. Encontré un departamento en Curridabat, cobran doscientos cincuenta, tal vez entre los dos podemos...
—No sé. Tengo que pensarlo.
—Hay que avisar de aquí al viernes. ¿Cuándo puede darme una respuesta?.
—No sé, le digo. Veámonos en Campitos. Mañana.
—Bueno. Ahí hablamos. Pero piénselo. Es una buena oportunidad.
H—¿Qué tal?
L—Bien, todavía no sé lo que está pasando.
H—No se preocupe, siempre es así. ¿Un roncito?
“¿Siempre? Lo que voy a hacer para no reincidir: Si salgo con amigos, pediré quince mil gins, hasta reventar, pero no probaré la primera cerveza, y voy a demostrar que soy tan elocuente y brillante y loco como si estuviera bebiendo guaro.
L—No, una Pilsen.
H—Ya yo empecé con ron. ¿Adónde dijo que queda el departamento?
L—En Curridabat, por el cementerio. Es grande. Tiene tres cuartos, sala comedor. Dos pisos. Unabuena sala con una ventanota que da al Este, al puro Volcán Irazú. Muy seguro, cochera para dos carros.
H—Parece un aviso económico.
L—Ya me lo aprendí. Hablé con la dueña. Otro tanto de depósito. ¡Por favor! No quiero volver a la casa de mis tatas.
H—Estoy bien donde mi mama, pero la verdad...
L—¿Entonces qué? Vamos a verlo.
H—Todavía no he dicho que sí, pero vamos.
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