viernes, 5 de diciembre de 2008

Historia contemporánea

Como en nuestro bien nombrado país había ocurrido la última guerra, o medio guerra, o alboroto semi bélico, hacía ya más de medio siglo y era un asunto que solo desvelaba a algunos abuelos y a una que otra historiadora…

Como las maestras, repitiendo las palabras del famosísimo, consuetudinario y monopólico Panorama radiofónico, fingían cumplir con su deber de patriotas al instar en el acto cívico de cada lunes a niños, niñas y jóvenes que entonasen con entusiasmo y mucha alegría el Himno Nacional, llenos de la gracia divina porque sus huesos y los nuestros podrán desgastarse y llenarse de osteoporosis en un territorio de paz, democracia y libertad…

Como en realidad nuestra mayor manifestación de coraje patrio consistía en cobijarnos, repletos de gozo, con una copia de la camiseta roja de la Selección Nacional de Fútbol cada vez que se oficiaba el santo oficio futbolero; lucirla toda la semana si Nuestros Muchachos sacaban el resultado, o arrojarla, dominados por la desilusión, al cesto de ropa sucia si los ex héroes caían en la batalla y resultaban incapaces de sacar la cara por estos cuarentadosmilkilómetros cuadrados con sus cuatro millones de habitantes, entre ticos, nicaragüenses, colombianos, chinos y turistas gringos y europeos…

Como es de imaginar que estas personas desconocidas, junto con una suma relativa mayor de ticos y ticas ―incluidos presidentes y ex presidentes de esta sacrosanta, democrática y pacífica república― provocaban alguno que otro revuelo en los diarios, telediarios y radio noticiarios para nuestro regocijo…

Como todo eso sucedía sin aportar mayor dramatismo a nuestras vidas, nos conformábamos con llevar una existencia plácida ―casi aburrida me atrevería a decir―, recordando las historias de guerra de los abuelos, cantando el Himno Nacional según nos lo indicaba Panorama en las voces de las maestras, sudando la camiseta roja frente al tele y echando maldiciones de vez en cuando al pesimismo informativo, o lo que viene a este recuento para salirnos de esa rutina, saboreando, de primera mano y con toda nuestra más dedicada obscenidad, nimiedades que podían representarse mediante un desparpajo de pleito por un pantalón entre una pareja de amantes.

Fue así como disfruté con todo mi orgullo nacional, con toda esa reverencia que nos prodigan los abuelos cuando recuerdan la guerra (aunque se trata tan solo de cuentos narrados por otros y asumidos como suyos porque en honor a la verdad ―así debe decirse: en honor a la verdad―, al escuchar el primer escupitajo de balas a lo lejos, la mayoría de esos soldados en potencia huyó despavorida a esconderse en la montaña);

Con toda esa pasión que nos transmiten las maestras con sus caras hermosamente coloreteadas del fingido patriotismo irradiado por Panorama para cantar el himno patrio, “de pie y muy firmes”.

Con todo el decoro que un estadio de fútbol, un bar o una sala de casa olorosa a cervezas nos impulsa a gritar oeee, oeee, oeee; o, más aún, con toda la frustración con la que nos lamentamos de la presencia mediática de personas desconocidas y de presidentes y ex presidentes vilipendiados (porque los políticos no roban, solo son víctimas de patrañas y montajes de sus enemigos) a quienes seguíamos creyendo mientras continuaban estafándonos...

Así, con toda esa vida insulsa y las más de las veces ausente de todo dramatismo ―sin siquiera cenizas de volcán sobre nuestros techos, se me ocurre, o grandes terremotos o huracanes para despedazarnos― protegidos todos en nuestra sagrada patria por la Virgencita de los Angeles...

Así disfruté yo el pleito por un pantalón entre Héctor y Ana María. Pleito entre Ana María y Héctor por un pantalón. Pleito entre Héctor y Ana María por un pantalón. Pantalón. Talón. Lonón. Onon. Off. On. Ofón. Pantalón.

No se trató de que yo hubiese sido el único en disfrutar la bronca en su pleno sentido; de hecho, muchas personas a nuestro alrededor obtuvieron su cuota de diversión, aunque pocos lograron comprender que no se trataba, como decían los abuelos, las maestras, los entrenadores de la Selección de fútbol, los periodistas de sucesos, los presos por estafas, etcétera, de un vulgar pleito originado en “diferencias irreconciliables”, sino, como yo descubrí, que la raíz de todo ese descalabro emocional se debió a un especial y único pedazo de tela ordenado bajo ciertas características que le hicieron favorecerse con nuestra denominación de “pantalón”.

Pero en absoluto se trató de un pantalón cualquiera. Ese pantalón fue el causante, además, de que conociera a Héctor, a sus otros pantalones, a sus otras camisas, camisetas, calcetines, calzoncillos, pañuelos, perfumes, peine, toallas klenex, maletín Nike, llamativo cepillo de dientes Dr. Buttler con una anaranjada y hulosa protuberancia cónica ubicada al extremo de mango destinada a la extracción de restos de comida de entre los dientes, rasuradora Panasonic de pilas doble A, balón de fútbol cinco marca Norton, bicicleta montañera cuya marca no recuerdo, saco y corbata ordinarios, zapatos de la afamada tienda Calderón, libros, caja de fotocopias universitarias, mini componente, discos de acetato, discos compactos y casetes, videocasetes, vellos púbicos, abrigos, sandalias, tienda de campaña para seis personas, bolsa de dormir para dos, foco, cocinita de gas, colección de carritos Matel, fichero repleto de cartas de ex novias ―incluído un calzón amarillento―, cinta roja de graduación escolar, cinta azul de graduación colegial, blanca candela de la Primera Comunión con lazo ya amarillento como un calzón, foto de sus compañeros de secundaria, reloj de pulsera descompuesto marca Cornavín, gorra blanca de los Yankees de Nueva York, bolsa de chumicos y bolinchas, cuatro trompos originales del durísimo madero de cocoholo, disco de 45 rpm de Alux Nahual en empaque sin abrir, lamparita de noche, cargador de gas para encendedores, juego de desatornilladores, cuchilla Victorinox, mapa celeste, revista Playboy con la Toya Jackson envuelta en boas y tres cuadernos Conapa forrados con papel azul, rojo y amarillo, respectivamente, fungiendo como diarios de recuerdos juveniles, con los cuales se mudó al nuevo departamento que decidimos alquilar juntos. Como se podía observar, eran todos esos objetos que al menos a Héctor le resultaban imprescindibles para aferrarse a la vida que él consideraba su vida. Si llegó con cada uno de ellos a nuestra nueva morada, debía yo comprender su trascendencia, y guardarles el debido respeto, al igual que lo hacía cada vez que escuchaba historias de la guerra, solicitudes para entonar el Himno Nacional, disgusto ante la injusticia contra los políticos, pasión ante el fútbol y morbosa admiración derivada de un pleito provocado por varios pedazos de tela cuya forma de organizarse hace que les clasifiquemos como pantalón, a diferencia de lo que identificamos por su uso, como falda.

Para continuar, debo, en honor a la verdad ―así se dice―, dejar bien claro cómo me representaba yo a ese poco de carne y huesos a quien su madre, hermanos, hermanas, tíos y tías llamaron Héctor o, mejor, Hectítor, desde antes de que fuese bautizado con ese nombre.

Mi Héctor no era ni un quincuagésimo de átomo de parecido al Héctor matador de hombres que ―creo recordar de mis lecciones colegiales― blandió gruesas y poderosas espadas o luengas lanzas quizá, durante una década, hace inmemoriales tiempos, en resecos campos muy bien visibles desde la casi indómita (porque un caballo la violó, según señala el mito) ciudad de Troya, la misma que defendió el mismo Héctor, insigne guerrero que heredó a mi Héctor y a otros millones de seres humanos con pene su nombre de golpe de segundero de reloj gracias al heróico o estúpido rapto ―encubierta infidelidad, se me ocurre― de una damisela con nombre de marcha de soldados. Bamboleo mis dedos sobre mi escritorio: Héc-tor, héc-tor, héc-tor para aburrirme, o llenarme de entusiasmo: He-le-na, he-le-na, he-le-na… recordando cómo Héctor el famoso, lleno de valentía, defendió a la sitiada ciudad, antes de ser asesinado cruelmente por el emotivo Aquileo… desgracia, estoy seguro, no le caerá al segundero de reloj de este nuevo milenio, porque mi Héctor es todo lo contrario al guerrero matador de hombres. Mi Héctor es un héroe disparatado, alocado, capaz de llevarse él mismo, junto con una docena o más de acólitos, a esas locuras que solo los héroes son capaces de engendrar, y que con mucha frecuencia ―no sucede así en las películas o en las ilíadas― conducen a maravillosos y divertidos desastres, como por ejemplo, a una disputa de pareja por una colección de pedazos de tela más o menos uniformes entre sí, que bajo cierta disposición física e histórica, decidimos llamar pantalón porque cubren la parte inferior del cuerpo, cada pierna individualmente, a diferencia de una falda, o enagua, como le decimos a esa delicada prenda en nuestra gloriosa, desejercitizada, pacífica e inviolada patria.

Por lo que presumo, el pantalón de Héctor o de Ana María ―el asunto se ventilaba en los Tribunales de Divorcio y no me atrevo a tomar partido― si le tallaba a Héctor no podría tallarle a Ana María, y viceversa, debido a la magnitud de la barriguita que le observaba a mi Héctor y a la escasez de carnes ―aunque tengo varios años sin examinarla― de Ana María, a quien siempre conocí como una flaca poderosa.

Las características de este curioso pantalón ―ausente de los ganchos del clóset del cuarto de afuera seleccionado desde el primer día por Héctor sin mi venia o mucho menos elección democrática― permanecieron en mi misterio. No me importó mucho que Héctor se hubiese apoderado del cuarto de afuera, con ventana a la alborada de las estrellas y al viento matutino, y me asignara, por inopia, el cuarto del fondo desde donde solo puedo ver patios y atardeceres entre techos; no me importó el asunto de la distribución de cuartos, decía, porque a pesar de su decisión Héctor fue muy generoso, en cambio, al colocar su mini componente última tecnología dvd mp3 vieja tecnología tocadiscos de acetato y casetera de audio en la sala, lugar de reposo y tertulia de nuestro nuevo hogar. Me explicó, además, e igualmente de manera cortés y amable, cómo funciona cada parte de su mini componente ―extraño aparatejo de muchos componentes o partes, lo observaba y ratificaba con un movimiento de mi cabeza a las explicaciones y procederes de uso―, después de relatar las mil y una historias sobre origen y peripecias de ellas y de otros accesorios que le acompañaban, incluida una vasta colección de discos y cintas, coro disonante de miles de voces de cantantes reputados o desconocidos que fueron apropiándose de mi vida, porque mi Héctor, contrario al exitoso matador de hombres dibujado por un poeta cuyo rostro nadie ha visto, prefería adormecerlos ―al igual que lo hizo conmigo― desatorando sus cuerdas vocales en interminables y apasionadas narraciones, por ejemplo, sobre las cualidades e imperfecciones de las agujas de diamante de los tocadiscos, vicisitudes de objetos en peligro de extinción como los trompos de madera o detallados acontecimientos sobre asuntos vernáculos despertados en su memoria tras escuchar tal o cual canción de las setenta mil y pico que componían su repertorio.

El día de la mudanza, yo con mis cuatro cosas a las cuales no tengo mucho aprecio, y Héctor, con su destacamento de ofrendas a la vida, terminamos sentados en mi alfombra orginal persa me aseguraron ―bien que me acompañó junto con mi ropa y otros que supongo detallaré cuando resulte conveniente la ocasión, si es que viene al caso― escuchando sus canciones, sus historias, y tomándonos unas cervezas en honor, no a la verdad, por supuesto, sino a la vida. A la nueva vida que iniciábamos juntos los dos ex maridos expulsados del paraíso sin necesidad de culpar a ninguna víbora ni a ningún dios, más que a nuestras ex posas, nos reíamos, y sin cometer más pecado original que ser como somos. Así brindamos por nuestras nuevas vidas, metidos en nuestros pantalones, motivo de disputa para nadie esa memorable noche.

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